Horacio Silvestre Quiroga Fortaleza, conocido como Horacio Quiroga, fue uno de los más importantes escritores de Uruguay y Argentina del siglo XX.
Nació en Salto, Uruguay, el 31 de diciembre de 1878, ciudad situada sobre el río Uruguay, el que sería muy importante en su vida y obra. Estudió en Montevideo, y ya desde jóven mostró interés en la literatura, la química, la fotografía, la mecánica, el ciclismo y la vida de campo. En 1901, a los 23 años, publicó su primer libro, Los arrecifes de coral, que contenía poemas, cuentos y prosa lírica. Gran admirador de Edgar Allan Poe, podemos ver esa influencia en muchos de sus cuentos de terror, como El almohadón de plumas y La gallina degollada. Pero curiosamente, su amor por la selva y la naturaleza, lo llevó a escribir maravillosos cuentos infantiles en el libro Cuentos de la selva.
Pero no es sobre su biografía de lo que quiero hablar acá, si les interesa la podrán encontrar en Wikipedia y otros sitios de Internet, sino de una particularidad de su vida. Si leyeron su colección de cuentos Cuentos de amor, de locura y de muerte, sabrán lo terribles que pueden llegar a ser algunas de sus historias. Sin embargo, hay una historia mucho más terrible, de la que Quiroga nunca escribió: su propia vida.
Cuando Horacio tenía dos meses, un día su padre, Prudencio Quiroga, se fue a una jornada de caza. Cuando regresaba en una lancha, un amigo decidió ir a esperarlo y llevó al pequeño Horacio en brazos. Cuando Prudencio descendía de la embarcación, se le disparó accidentalmente el arma, y murió frente a los ojos de su pequeño hijo. Unos años después, su madre se volvió a casar con Mario Barcos, quién resultó ser un buen padre y se llevaba muy bien con el joven Horacio. Cinco años después, Barcos sufrió un derrame cerebral y quedó semi-paralizado y mudo. Cuando Horacio tenía 18 años, su padrastro se suicidó disparándose en la boca con una escopeta manejada con el pie, justo en el momento en que Horacio entraba en la habitación.
Decidió entonces invertir la herencia que recibió en un viaje a Paris. En esa ciudad las cosas no resultaron como el esperaba, y unos meses después regresó en la ruina, mal vestido, hambriento y con una larga barba que nunca dejaría.
Al mismo tiempo que publicaba su primer libro, en 1901, recibió la noticia de que sus dos hermanos, Prudencio y Pastora, habían muerto de fiebre tifoidea en el Chaco. Ese mismo año, su amigo Federico Ferrando, cuyos escritos habían recibido malas críticas del periodista Germán Papini Zas, decidió batirse a duelo con este. Preocupado por su amigo, Quiroga decidió verificar si el arma que se usaría estaba en buenas condiciones. Mientras revisaba el arma se le escapó un disparo que dio contra la boca de Ferrando, matándolo instantáneamente. Quiroga fue detenido y llevado a la cárcel, pero fue liberado a los cuatro días al confirmarse que la muerte de su amigo había sido accidental.
A raíz de este accidente, Horacio dejó Uruguay y se fue a vivir a Buenos Aires, y después a Misiones, a la orilla del Alto Paraná. En 1908, cuando tenía 30 años, Quiroga se enamoró de una de sus alumnas, una adolescente llamada Ana María Cires. A pesar de que los padres de la muchacha se oponían a la relación, finalmente obtuvo el permiso para casarse y después del matrimonio se trasladaron a Misiones. Un año después nació su primera hija, Eglé, y al año siguiente su hijo Darío. Quiroga se ocupó personalmente a educar a sus hijos, y desde pequeños les enseñó a desenvolverse en el monte y la selva, exponiéndolos siempre a peligros controlados, para enseñarles a manejarse solos. Eglé y Darío disfrutaban de estas aventuras, pero su madre vivía aterrorizada. La hija aprendió a criar animales silvestres, y el hijo a usar la escopeta, manejar una moto y navegar solo en una canoa.
En 1915, Ana María Cires se suicidó ingiriendo un químico utilizado para el revelado fotográfico, lo que generó una agonía de ocho días a través de la cual la acompañó Horacio. Tras este suicidio, Quiroga regresó a Buenos Aires. Vivió los siguientes años entre esta ciudad y Misiones.
En 1927, con 49 años, se mudó a una quinta en Vicente López en Buenos Aires, y al poco tiempo se enamoró de una joven, compañera de escuela de su hija Eglé. Se casaron ese mismo año, antes de que ella cumpliera 20 años. en 1932, se mudó definitivamente a Misiones, con su esposa y su tercera hija, María Helena, más conocida como Pitoca. En 1935 Quiroga empezó a sufrir problemas de salud, y en un hospital de Posadas le diagnosticaron hipertrofia de próstata. Su joven esposa, con la que llevaba una relación difícil, lo abandonó y regresó a Buenos Aires. Su salud fue empeorando, y decidió regresar a Buenos Aires donde lo internaron en el Hospital de Clínicas. Estudios revelaron que tenía un caso avanzado de cáncer de próstata. En el hospital Quiroga se enteró de que en los sótanos se encontraba encerrado un hombre que sufría la misma enfermedad que el famoso Hombre Elefante de Inglaterra, y era considerado un monstruo. Quiroga consiguió que el hombre, llamado Vicente Batistessa, fuera liberado y lo trasladaran a su habitación. Quiroga y el "monstruo" se hicieron muy buenos amigos durante el poco tiempo que compartieron la habitación.
Pero Quiroga no quiso esperar que la muerte le llegara. Con la ayuda de su compañero de habitación, bebió un vaso de cianuro que lo mató en pocos minutos en el medio de fuertes dolores.
Pero la tragedia de la vida de Horacio Quiroga no iba a finalizar con su muerte. Sus hija Eglé se suicidó ese mismo año. Al año siguiente murieron, también por suicidio, dos de sus mejores amigos, Leopoldo Lugones, también con cianuro, y Alfonsina Storni, ahogándose en el mar. En 1951 se suicida también su hijo Darío.
El último capítulo de esta historia sucedió el 14 de enero de 1988. Ese día una mujer entró a un hotel de la calle Maipú de Buenos Aires y pidió una habitación en un piso elevado. Le dieron una en el noveno piso. Pagó por adelantado. Por la tarde la vieron salir vestida de blanco. Regresó pasada la medianoche. Pidió que le llevaran una cerveza al cuarto y la pago en el momento. Al rato se escuchó un ruido fuerte en la calle. Frente a la puerta estaban los restos de la mujer del 903, con los pantalones blancos y una cinta adhesiva sobre la boca.
Era María Elena Quiroga, a quien su padre llamara Pitoca. En ese momento tenía 60 años. Casi no había conocido a su padre quien muriera cuando ella tenía ocho.
Su amigo, el escritor Ezequiel Martínez Estrada dijo de Horacio Quiroga: "Ha sido. sin ninguna duda, la más dramática y tremenda de todas sus obras",
Pero no es sobre su biografía de lo que quiero hablar acá, si les interesa la podrán encontrar en Wikipedia y otros sitios de Internet, sino de una particularidad de su vida. Si leyeron su colección de cuentos Cuentos de amor, de locura y de muerte, sabrán lo terribles que pueden llegar a ser algunas de sus historias. Sin embargo, hay una historia mucho más terrible, de la que Quiroga nunca escribió: su propia vida.
Cuando Horacio tenía dos meses, un día su padre, Prudencio Quiroga, se fue a una jornada de caza. Cuando regresaba en una lancha, un amigo decidió ir a esperarlo y llevó al pequeño Horacio en brazos. Cuando Prudencio descendía de la embarcación, se le disparó accidentalmente el arma, y murió frente a los ojos de su pequeño hijo. Unos años después, su madre se volvió a casar con Mario Barcos, quién resultó ser un buen padre y se llevaba muy bien con el joven Horacio. Cinco años después, Barcos sufrió un derrame cerebral y quedó semi-paralizado y mudo. Cuando Horacio tenía 18 años, su padrastro se suicidó disparándose en la boca con una escopeta manejada con el pie, justo en el momento en que Horacio entraba en la habitación.
Decidió entonces invertir la herencia que recibió en un viaje a Paris. En esa ciudad las cosas no resultaron como el esperaba, y unos meses después regresó en la ruina, mal vestido, hambriento y con una larga barba que nunca dejaría.
Al mismo tiempo que publicaba su primer libro, en 1901, recibió la noticia de que sus dos hermanos, Prudencio y Pastora, habían muerto de fiebre tifoidea en el Chaco. Ese mismo año, su amigo Federico Ferrando, cuyos escritos habían recibido malas críticas del periodista Germán Papini Zas, decidió batirse a duelo con este. Preocupado por su amigo, Quiroga decidió verificar si el arma que se usaría estaba en buenas condiciones. Mientras revisaba el arma se le escapó un disparo que dio contra la boca de Ferrando, matándolo instantáneamente. Quiroga fue detenido y llevado a la cárcel, pero fue liberado a los cuatro días al confirmarse que la muerte de su amigo había sido accidental.
A raíz de este accidente, Horacio dejó Uruguay y se fue a vivir a Buenos Aires, y después a Misiones, a la orilla del Alto Paraná. En 1908, cuando tenía 30 años, Quiroga se enamoró de una de sus alumnas, una adolescente llamada Ana María Cires. A pesar de que los padres de la muchacha se oponían a la relación, finalmente obtuvo el permiso para casarse y después del matrimonio se trasladaron a Misiones. Un año después nació su primera hija, Eglé, y al año siguiente su hijo Darío. Quiroga se ocupó personalmente a educar a sus hijos, y desde pequeños les enseñó a desenvolverse en el monte y la selva, exponiéndolos siempre a peligros controlados, para enseñarles a manejarse solos. Eglé y Darío disfrutaban de estas aventuras, pero su madre vivía aterrorizada. La hija aprendió a criar animales silvestres, y el hijo a usar la escopeta, manejar una moto y navegar solo en una canoa.
En 1915, Ana María Cires se suicidó ingiriendo un químico utilizado para el revelado fotográfico, lo que generó una agonía de ocho días a través de la cual la acompañó Horacio. Tras este suicidio, Quiroga regresó a Buenos Aires. Vivió los siguientes años entre esta ciudad y Misiones.
En 1927, con 49 años, se mudó a una quinta en Vicente López en Buenos Aires, y al poco tiempo se enamoró de una joven, compañera de escuela de su hija Eglé. Se casaron ese mismo año, antes de que ella cumpliera 20 años. en 1932, se mudó definitivamente a Misiones, con su esposa y su tercera hija, María Helena, más conocida como Pitoca. En 1935 Quiroga empezó a sufrir problemas de salud, y en un hospital de Posadas le diagnosticaron hipertrofia de próstata. Su joven esposa, con la que llevaba una relación difícil, lo abandonó y regresó a Buenos Aires. Su salud fue empeorando, y decidió regresar a Buenos Aires donde lo internaron en el Hospital de Clínicas. Estudios revelaron que tenía un caso avanzado de cáncer de próstata. En el hospital Quiroga se enteró de que en los sótanos se encontraba encerrado un hombre que sufría la misma enfermedad que el famoso Hombre Elefante de Inglaterra, y era considerado un monstruo. Quiroga consiguió que el hombre, llamado Vicente Batistessa, fuera liberado y lo trasladaran a su habitación. Quiroga y el "monstruo" se hicieron muy buenos amigos durante el poco tiempo que compartieron la habitación.
Pero Quiroga no quiso esperar que la muerte le llegara. Con la ayuda de su compañero de habitación, bebió un vaso de cianuro que lo mató en pocos minutos en el medio de fuertes dolores.
Pero la tragedia de la vida de Horacio Quiroga no iba a finalizar con su muerte. Sus hija Eglé se suicidó ese mismo año. Al año siguiente murieron, también por suicidio, dos de sus mejores amigos, Leopoldo Lugones, también con cianuro, y Alfonsina Storni, ahogándose en el mar. En 1951 se suicida también su hijo Darío.
El último capítulo de esta historia sucedió el 14 de enero de 1988. Ese día una mujer entró a un hotel de la calle Maipú de Buenos Aires y pidió una habitación en un piso elevado. Le dieron una en el noveno piso. Pagó por adelantado. Por la tarde la vieron salir vestida de blanco. Regresó pasada la medianoche. Pidió que le llevaran una cerveza al cuarto y la pago en el momento. Al rato se escuchó un ruido fuerte en la calle. Frente a la puerta estaban los restos de la mujer del 903, con los pantalones blancos y una cinta adhesiva sobre la boca.
Era María Elena Quiroga, a quien su padre llamara Pitoca. En ese momento tenía 60 años. Casi no había conocido a su padre quien muriera cuando ella tenía ocho.
Su amigo, el escritor Ezequiel Martínez Estrada dijo de Horacio Quiroga: "Ha sido. sin ninguna duda, la más dramática y tremenda de todas sus obras",


Tremendo!
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